Ella solo tiene miedo al miedo y hasta el miedo la amaría

Venía cada lunes, siempre ensangrentado, siempre esperando al lado de mi consulta, sonriendo, como si cada herida fuera una medalla que apuntaba a un trofeo mayor, y como si todas, absolutamente todas, me las dedicara a mí.

Apenas hablábamos y rara vez me atrevía a mirarle a los ojos, porque si lo hacía, tal vez si lo hacía, luego no tuviera fuerzas para lastimarlo y coserle las heridas.

Poco a poco, sin quererlo, se fue convirtiendo en mi paciente predilecto, hasta que un lunes se hizo domingo y llegó con una camisa completamente blanca.

¿Por qué estás hoy aquí?- le pregunté sin entender la razón de su visita.

Para que me salves, como siempre- respondió mientras me cogía del brazo y dirigía, cómo si en algún momento, no muy lejano, alguien le hubiera encargado el diseño de mi destino.

Lo subí en el coche, encendí las luces, las largas y empecé a buscar los cortes que daban sentido a nuestra relación.

Fue fácil encontrarlos tan pronto me dio el último beso. Una no debiera saber nunca cuando un beso es el último, pero cuando lo sabe no puede olvidarlo y yo en ese momento, tuve la certeza de que todo lo que me hubiera gustado que pasara... ya no volvería a pasar.

Entonces, se levantó, y al hacerlo, volvió a brotar sangre de todas sus suturas; sin que le importara, sin que le cortara la risa con la disfrutaba de un esperado trofeo.

Me dijeron, con el tiempo, que no sé curó esa vez, y nada me duele más, que pensar que puede ir por ahí,
presumiendo de las cicatrices que se hizo al acostarse sobre los añicos del corazón que acababa de romperme.



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