martes, 14 de octubre de 2014

¿Dónde se esconden las baldosas amarillas cuando apagamos la luz?


Casi 500 km caminando juntos y nos fuimos a perder en un apartamento de 43 metros cuadrados.

Habían pasado 12 días desde que prometimos no olvidarnos, y ni uno solo dejé de regar la piedra que me dejó bajo custodia. Apenas se distinguía ya en sus aristas, el “Julio 2014” que había escrito, cuando besarnos era el destino y esperaban las heridas a ser cobradas a plazos.

Qué ingenuos fuimos pensando que podríamos escapar de sus intereses, mientras estos nos ansiaban, agazapados, detrás de cada puerta; impacientes por recaudar todo lo felices que habíamos sido de más.

No esperaron a asaltarnos las deudas, a que termináramos de quitarnos la ropa, y aunque me di cuenta en el momento, preferí seguir desabrochando los botones de su camisa, por adicción, uno a uno. Mientras, me repetía sus palabras de aliento peregrino “piensa en el siguiente, el siguiente paso es el que llega y ese aún no duele” Pero esta vez dolió, pues cuando arranqué su último botón, descubrí que bajo su camisa no había nada, y lo que era peor aún, no había nadie.

Brotaron antiguas heridas mientras perdía mis deseos buscándole, siguiendo flechas amarillas que nadie había pintado bajo las sábanas. Así, descubrí una foto del camino en la que él abrazaba a mi sombra, una silueta de hada con alas de mariposa entre la que se camuflaba mi pesada mochila. Una de esas mariposas de paso, dije para mí.

Resignada, abandoné nuestra piedra en su mesilla, junto a un “me fui volando” por adiós, en un intento desesperado de seguir haciéndole creer que yo era quien él quería que fuese.

Cuando vino a recogerme la luna, mi sombra también había desaparecido y desde entonces soy yo quien la busco, sigo, imito, espero y aguanto mientras él me pisa para besarla y le susurra te quieros que a mí me llegan siempre negados.

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