martes, 30 de septiembre de 2014

Quieto o sonrío

Cada vez se confiaba más y se volvía más exquisita a la hora de elegir a sus víctimas. Era cuestión de tiempo que sus ganas de riesgo la delataran y terminaran por entregarla a una policía, que había invertido en ella demasiadas lunas.

La última a quien abrió el bolso, era una recién estrenada adolescente, que lloraba desconsolada tras sorprender a su primer novio tonteando con otra. Cuando la unidad de explosivos llegó, la gastada niña ya había hecho un amago de abrir la carta; así que por precaución, prefirieron detonar el mensaje.

Dieron por solucionado el caso tan pronto cerraron las rejas. Las órdenes fueron claras, prohibido publicar nada de lo ocurrido y la prensa justificó las fotos que se filtraron en las redes sociales, con un clásico ajuste de cuentas en el que había ganado la justicia.

Todos parecían haber olvidado lo sucedido al cabo de una semana, todos… salvo los cuatro carceleros que la tutelaban. La noticia de sus cuerpos, sin vida, fue eclipsada por una subida de impuestos días más tarde. Diferentes autopsias, mismo diagnóstico, suicidio. Después fue el juez, luego su abogado y el último el fiscal.

Por supuesto que a mí me dio miedo aceptar el caso, estaba aterrado, por mí, por mi mujer, por mis hijos… pero era una oportunidad única para poder volver a planchar la toga.

Abrir el primer sobre del caso fue sentenciar mi veredicto. Eran sus fotos de acusada, tres perfiles, en cada cual a más sonriente, así que no hubo lugar a dudas; era ella, la teníamos, la escritora optimista que firmaba con una cara alegre, ya no podría seguir dejando sus cartas anónimas a cualquiera. Aún me escalofría imaginar cual hubiese sido la pandemia, si realmente hubiera conseguido contagiar a sus lectores con ese cuento de que se podía ser feliz.

A estas alturas te preguntarás porque te estoy escribiendo; pero es que solo se me ha ocurrido compensar sus cartas impregnadas de euforia, con una llena de tanta tristeza. Que me perdone mi familia. Sé que estas palabras de despedida, deberían ser de otra manera, pero después de ver su expresión unos segundos, pensar… es pensar en ella, todas y cada una de las horas; y ya no puedo soportarlo.

Dile a mi mujer que tenía razón, como siempre y que no debería haber aceptado juzgarla; pero ahora, que es tarde, solo le puedo suplicar que no les diga la verdad a los niños. No quiero que se avergüencen de haber tenido un padre soñador, así que por favor, le ruego que les mienta, que les diga que morí trabajando.

Insístele en lo mucho que siempre los quise y susúrrale muy bajito, cuando nadie os oiga, que en los pocos segundos en los que el delirio me hizo creer que podía ser feliz, estaba en todos a su lado.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Lo malo de llegar hasta el final es que allí sólo hay caminos de regreso


Esta mañana terminé con la calculadora, la ahogué en la cubitera del whisky para aliviar su complejo de espejo de Blancanieves. 

La relación se había vuelto insoportable en los últimos meses, en los que yo intentaba explicarle, que en la poesía, las métricas que tienden a infinito, se confunden con las que lo hacen a cero; ambas son imposibles y nadie ha conseguido cazarlas. 

Luego se burlaba mirando mi papelera, llena de minas afiladas cual lanzas perdidas en mis intentos de describirlo; todo folios en blanco que no sé si respondían a lo poco que él era, o a lo mucho que a mí me parecía. 

Por lástima, tampoco él entendió, que querer a demasiadas, era lo mismo que querer a ninguna y me miró con mala gana cuando le tiré mis demostraciones en la bañera. Nunca soportó que escribiera en formato digital y que mi ordenador estuviera siempre conectado a la corriente.

jueves, 25 de septiembre de 2014

¿A qué dirección te envío los abrazos?

Aplastó a la realidad el siguiente encuentro que nos dimos.

El futuro no resultó ser lo que esperábamos, pero allí seguíamos, casi 10 años después, de nuevo abrazados... como si todo hubiera ido bien.


martes, 23 de septiembre de 2014

El silencio de las flores


Está su puesto en el mercado lleno de coronas sin mensajes de condolencia. Fue una extraña última voluntad; sobre todo para él, que se había pasado toda la vida entre letras, diseñando escrupulosamente verdades a medida, que después vendía al peso. 

Todo empezó a tener sentido cuando publicaron su esquela en las páginas de economía. “Las acciones se disparan, y la amenaza de que se agoten los te quiero hace cola en los juzgados”.

“Prioridad para la relaciones de más de tres años” sentenció el gobierno, que sabía que la sinceridad en estos casos, podría ser fatal. Mientras tanto y bajo manga, políticos de ambos partidos se hacían con todas las promesas que el vendedor de verdades guardaba en su almacén.

La clase media no tuvo tanta suerte, y solo aspirábamos a descuartizar la sección necrológica de los periódicos para salvar alguna frase recortada destilada de mentiras, bajo el colchón, como colchón.

En pocas horas se agotaron los “te echo de menos”, “te llamaré”, “no significó nada” o “en cuanto tenga tiempo nos vemos”. Decían que el stock de síes aún resistiría, pero yo por si acaso, dejé de preguntarle si me quería. Así, pronto nuestros mensajes de amor, se fueron pareciendo cada vez más al silencio de las flores del vendedor de verdades, que siempre se protegió de acabar con un “Algún día te olvidaremos” sobre unas rosas marchitas.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Amor a primer tacto




"No puedo dormir sin peso", le dije.
Y él me dio 59 kilos y medio de razones para soñar.
También un puñado de balas perdidas
que había ido encontrando en sábanas abandonadas
Y con las que aseguraba podría matar
a todos mis "no-puedo"

Dormir con él, era resucitar al tiempo
y sentir su piel con la mía
 mucho mejor que recordarla contra la de cualquiera,
cada despertar, una corona de espinas
con la que reinaba en nuestro castillo de arena
y todas mis cartas de despedida,
trocitos rotos de un futuro epitafio.

“No tuve tiempo a leerlo” siempre decía.
Y yo me culpaba
como se culpa una madre 
que ha comprado con sus últimos dos euros
un cromo repetido.

Después, cogía sus baquetas
y yo perdía mis razones 
entre los ritmos con los que me marcaba el corazón
o la cabeza, no lo tengo claro
porque siempre me hacía confundirlos.

Hoy hace exactamente 1 año y 138 poemas
que ambos se pararon y no nos vemos
y a pesar de que me siga escribiendo a diario
como si yo fuera el suyo
sigo teniendo esa sensación absurda de creer que funcionaría.

Pese a que no lo quise, ni lo quiero
y sé que tampoco lo querré
pero estoy lejos, muy lejos de soportar que él sienta lo mismo.

martes, 2 de septiembre de 2014

Ella no es perfecta, ni exacta, ella es infinita


Ella… ella es una (1) pluscuaimperfecta.

Saber que existe es endeudar 6 sentidos,
tapiar la única (1) salida de emergencia, 
añorar 8 pecados capitales.

Conocerla es dejar a 0 los 3 deseos,
exprimir la 3ª mitad de la naranja,
mudarse al número 9, de la calle melancolía

Rozarla es regalarle una 8ª vida a un gato,
componer recuerdos sobre el futuro con 8 notas,
distinguir en cualquier sombra, los 7 colores del arcoíris

¿Olvidarla? Eso es imposible y 
encontrarla implica perderse
porque su mirada apunta al mismo tiempo 
a los 4 puntos cardinales


Tiene la capacidad de guiar a cualquiera hasta la propia locura
Y responde cuando le dicen belleza
Pueden calcularla, pero no resolverla 
Ella es ... infinita ...