domingo, 3 de noviembre de 2013

La melancolía es la alegría de estar triste


Cerró los ojos, sonrió y me cogió la mano; ojalá hubiera seguido cualquier otro orden...

Luego empezó a bailar; estrellándose con sillas, paredes, lámparas, mesas... pero ningún golpe, por fuerte que sonara, la trajo de regreso.

Incapaz de escuchar la música que sonaba en su cabeza, empecé a seguir el ritmo de la de sus tropiezos; me gustaban, acercaban su realidad y la mía.

Antes de cerrar la puerta, me volví a mirarla, imagino que para despedirme; fue ridículo, pues ella nunca me había invitado a quedarme, pero, de alguna manera, necesitaba poner un adiós en su silla.

Bailaba en aquel ahora en el suelo, como una bailarina a la que un exceso de cuerda hubiera repatriado de su caja de música; moviéndose al son, con el que otro... tocaba a una otra, que nada le recordaba a ella.




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